La crisis en Venezuela y sus repercusiones regionales

En nuestra reunión mensual correspondiente al mes de abril, consideramos oportuno dialogar sobre la compleja actualidad de Venezuela. Tras una serie de protestas masivas que desencadenaron numerosos hechos de violencia, la crisis política en ese país se agravó y se está acentuando la polarización social. Este panorama se suma a la profundización de la crisis económica, que se traduce en un creciente desabastecimiento, así como en un descontrolado y poco transparente nivel de gasto público que amenaza con resquebrajar las alianzas al interior del régimen.

Aunque es complejo medir las dinámicas internas del PSUV, conviven en su interior varias facciones. La primera es la coalición cívico-militar, de naturaleza ideologizada y filo-cubana, liderada por el Presidente Nicolás Maduro. Una segunda facción es de orientación nacionalista, apoyada por altos mandos militares y empresarios beneficiados por el régimen, liderada por el Presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. La tercera, más radical, está integrada por “desilusionados” que consideran que el gobierno traicionó el legado de Chávez.

Las Fuerzas Armadas son el eje vertebral del régimen y dentro de ellas también existen tensiones, especialmente entre la facción ideologizada y los nacionalistas (hay una tercer grupo de “institucionalistas” con perfil mucho más bajo). Aunque ambos grupos apoyan al gobierno, no necesariamente comparten los mismos objetivos políticos y económicos.

Los colectivos armados, por su parte, actúan de forma autónoma y han logrado limitar el poder de la policía en algunas regiones del país.  Se trata de sectores muy radicalizados, con gran capacidad de presión (acceso a armas), que responden directamente al Presidente Maduro y no a la estructura de las Fuerzas Armadas.

La oposición también aglutina, al interior de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), diferentes expresiones. Aunque en su mayoría buscan avanzar por canales institucionales, sectores más radicalizados recibieron gran atención mediática en las últimas semanas, instalando lemas como “La Salida”, que busca forzar la renuncia del Presidente Nicolás Maduro.

Henrique Capriles, dos veces candidato presidencial de la MUD, representa a la oposición moderada, compuesta por partidos de la quinta República, que pretenden un cambio de gobierno por medios constitucionales. Un sector más proactivo y radical, que busca acelerar la salida de Maduro y que lideró las últimas convocatorias de protesta y desobediencia civil, ha encontrado como voceros a referentes como María Corina Machado, Leopoldo López y Antonio Ledezma.

El complejo entramado de intereses en juego en Venezuela es un enorme desafío a la gobernabilidad de América Latina. En Colombia, Santos buscará su reelección en mayo y sabe que la estabilidad en Venezuela es clave, tanto para los diálogos de paz con las FARC en La Habana como para los intereses de las empresas colombianas que abastecen el mercado venezolano. En Cuba, Raúl Castro impulsa una agenda de reformas tendientes a la apertura y tiene mucho en juego como beneficiario de más de 80 mil barriles de petróleo diarios y con una gran población cubana viviendo en Venezuela. En Brasil, con Dilma preocupada por lograr su segundo mandato en octubre, primó el silencio y prevaleció el interés económico; las multilatinas brasileñas tienen grandes inversiones en Venezuela, país que se convirtió en destino central de sus exportaciones.

Los potenciales escenarios a corto y mediano plazo varían en función de las coaliciones domésticas e internacionales que se construyan para promover o boicotear el diálogo político. En este sentido, las acciones llevadas a cabo recientemente por los Cancilleres de la región en el marco de la UNASUR, así como la posible mediación del Vaticano a través de la figura del Cardenal Pietro Parolin (Secretario de Estado y ex Nuncio Apostólico en Caracas) pueden ser factores importantes para encausar las negociaciones. El tiempo determinará hacia cuál de los lados se termina por inclinar la balanza del futuro de Venezuela.

Así, es posible imaginar al menos dos tipos de escenarios potenciales. Uno, de naturaleza pesimista, donde el malestar y la polarización social se profundicen, ante la falta de diálogo entre el régimen y la oposición, la ausencia de políticas económicas adecuadas y el mayor grado de represión gubernamental. Otro, de tipo optimista, significaría un acercamiento para negociar una nueva distribución de poder entre oficialismo y oposición, apaciguando el nivel de protesta social con medidas tendientes a normalizar la economía, liberar a los presos políticos y convocar a elecciones o algún tipo de referéndum.

La crisis en Venezuela tiene todo tipo de desdoblamientos regionales. Crecientemente, está siendo interpretada como señal del agotamiento de algunos de los modelos encarnados en el llamado “giro a la izquierda” de América Latina en la última década y media. El fracaso del régimen venezolano en consolidar una macroeconomía y un contexto institucional estables tras la muerte de Hugo Chávez pone de manifiesto la importancia del debate sobre qué democracia queremos en nuestra región y cuál es el acervo institucional que se necesita para consolidar un modelo de desarrollo inclusivo y sostenible.

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