América Latina y la convergencia en la diversidad

La reunión mensual de noviembre se inició con un debate en torno a la propia noción de integración: ¿Es que acaso la integración latinoamericana avanza hacia la convergencia, o es que marchamos hacia la fragmentación?  En primer lugar, podría pensarse que el planteamiento dicotómico, en su esfuerzo taxonómico, cercena oportunidades. América Latina es una región rica y atractiva, precisamente por su diversidad, y es dicha diversidad la que opera como punto de partida para la convergencia que, de ningún modo significa fragmentación –ni su total opuesto, fusión–, sino más bien armonización y coordinación entre los diferentes espacios de integración regional que coexisten hoy en día, siendo el MERCOSUR y la Alianza del Pacífico los más destacados.

La idea de “convergencia” de estos últimos dos espacios surgió a partir de una nota publicada por los ex Presidentes Ricardo Lagos y Luiz Inácio “Lula” Da Silva en el diario El País, en la que se buscaba terminar con los discursos en torno a la oposición entre “Atlántico” y “Pacífico”, puesto que dicha separación parecía implicar –a su vez– un juicio de valor, en torno a la diversidad de modelos socio-político y económicos que existirían en estas dos subrregiones. Atlántico y Pacífico no equivalen necesariamente a dos visiones axiológicas de las Relaciones Internacionales, ni del nivel de penetración de los Estados Unidos en la región, sino que se tratan de dos categorías discursivas, sobre las que es preciso trabajar y atemperar, para que se pueda respetar verdaderamente la diversidad. Dicho trabajo ya comenzó a hacerse desde el seno de la CELAC.

Establecida la necesidad de convergencia, se discutió luego acerca de su materialización: qué instituciones podrían servir para favorecer dicho acercamiento y qué transformaciones deberían operarse. En este sentido, se destacó la importancia de las interconexiones de base, es decir, las articulaciones productivas y sectoriales ya existentes –sobre todo en materia energética, minera y alimentaria–; las interacciones en el sector sindical; en la academia, para poder comenzar a lograr la convergencia, construyéndola desde abajo, de modo de ir generando un eslabonamiento de las instituciones ya existentes, tales como la UNASUR, que tienen un alcance regional. La conectividad en infraestructura fue, sin lugar a dudas, señalada como uno de los pilares de dicha convergencia, puesto que es un requerimiento básico para el comercio.

En el caso particular de la Argentina, se señalaron las dificultades que aún tiene nuestro país en esta última materia, no sólo debido a la magnitud territorial, sino también debido al tejido de intereses de sectores específicos que impedirían la transformación del modelo de interconexión física del que disponemos en la actualidad. La articulación interna de Argentina facilitará, a su vez, su interconexión con el resto de la región, otorgándole al país un rol preponderante –como país que puede aportar a la identidad bioceánica– en el proceso de armonización y convergencia regional. La fragmentación nacional y regional son costosas y nuestro país sólo obtendrá perjuicios si se profundizan.

Por último, se discutió acerca de la relación entre América Latina y la región del Asia-Pacífico, siendo esta última un área estratégica para nuestra región, ya que de ella emana el 34% del comercio mundial, y cuenta con el 60% de la población total del planeta. Es precisamente en esta relación bi-regional que la diversidad latinoamericana cobra vital relevancia, puesto que permite un acercamiento diferenciado, en función de las dos costas. América Latina, se afirmó, no debe perder de vista la aproximación divergente hacia Asia.

En este marco, los foros interregionales, como el FOCALAE, comienzan a adquirir peso, puesto que multiplican las posibilidades de intercambio económico, político, así como en las áreas de ciencia y tecnología y cooperación. Asimismo, la región Asia-Pacífico puede ser también tenida como un ejemplo para América Latina, al igual que Europa, sobre todo en materia de densidad de comercio intrarregional, dado que en ambas regiones este tipo de comercio supera el 50%, mientras que en Latinoamérica no llega aún al 20%, lo cual sigue evidenciando el déficit de integración productiva que tenemos en nuestra región.

Sin integración productiva y sin un modelo de inserción múltiple, América Latina pierde poder de influencia en las negociaciones de comercio internacional. Fortalecer la convergencia, generando una “revolución de los conceptos”, lejos de una “guerra” de estos, nos permitirá sortear varios de los clivajes disciplinarios que trabaron las negociaciones comerciales con otras regiones del mundo. Lejos de conceptos que producen rigidez –como las diferenciaciones entre unión aduanera, zona de libre comercio, entre otros–, es preciso alcanzar una revisión de fondo, que permita la trans-disciplinarierdad y la diversidad.

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