Lo que nos dejó Panamá

En la reunión mensual del Comité de Estudios Latinoamericanos, debatimos junto al Comité de Estados Unidos acerca de la situación actual de la Organización de los Estados Americanos (OEA), a la luz del balance de la VII Cumbre de las Américas realizada en Panamá, del 9 al 11 de abril.

El legado de la Cumbre de Panamá es múltiple, puesto que abre nuevas oportunidades. El llamado “deshielo” de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba –que está permitiendo también el acercamiento de otros líderes, como será la visita del Presidente Hollande a La Habana– evidencia que el clima hemisférico ha cambiado. El cisma ideológico regional se ha evaporado, dejando paso al sentido común, y a la evidencia irrefutable del peso que tiene el  soft power a la hora de construir redes. El “regreso” de Cuba al continente se está produciendo a través de internet, los flujos de inversión y la cultura.

La foto del saludo entre Barack Obama y Raúl Castro en Panamá ha valido más que cualquier declaración. Tras numerosas críticas y algunos fracasos –como Siria y Ucrania–, el deshielo con Cuba permite comenzar a delinear la figura de Obama como estadista, como un Presidente con un legado para la historia de las relaciones internacionales. Sin embargo, la foto también evidencia importantes contradicciones de la región, y sobre las que Estados Unidos y el resto de los miembros de la OEA todavía no han tomado una posición resolutiva: en Venezuela, por ejemplo, la situación política y de DD.HH. se agrava, y las reacciones de la región, aunque crecientemente asertivas, siguen siendo tímidas.

La política exterior brasileña, en ese sentido, comienza a ejercer presiones para garantizar mínimos niveles de convivencia y previsibilidad en materia de democracia electoral. Ex Presidentes latinoamericanos piden la liberación de presos políticos y se suman al pedido de apertura democrática. Sin embargo, la OEA, tradicionalmente concebida como el “club” de la democracia y los DD.HH., se encuentra en una encrucijada de la que no podrá salir fácilmente si no se transforma en el camino, sobre todo visto el menguante interés en ella por parte de estados clave, como Estados Unidos, Brasil y Argentina.

La complejidad de la situación de la OEA radica, de alguna manera, en su estructura. Por un lado, la “ridigez” del sistema de tratados interamericano hace costosa y compleja su denuncia –lo que ha hecho del Sistema Interamericano de DD.HH. uno de los más robustos del mundo, junto al europeo–. Pero la falta de flexibilidad, el poco involucramiento de los Jefes de Estado, la burocratización, y la precariedad financiera, debilitan al organismo, al punto de convertirlo, muchas veces, en un “cementerio de buenas intenciones”.

El deshielo cubano-estadounidense, así como el nuevo liderazgo del ex Canciller uruguayo, Luis Almagro, pueden convertirse en vectores de cambio. Si es que con ello la OEA consigue concentrarse en tareas que le otorguen mayor relevancia política, así como una fe renovada en los procesos democráticos en la región.

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